En días pasados visité un colegio como parte de mi ejercicio sindical. Tenía algunos conocidos allí y pasé para asesorarlos en algunos temas. Como es costumbre me registré en la portería, allí me solicitaron mi identificación y credenciales; estuve de buenas porque es más fácil que ingrese un asesor bancario a un colegio, que un maestro sindicalista.
El vigilante me dirigió hasta una de las aulas en donde me esperaba un maestro, hasta allí
todo iba bien, sin embargo, cuando mi compañero salió a recibirme noté su incomodidad, el
hecho de asomarse a la puerta era algo un poco difícil. Asumí que era porque le preocupaba que sus estudiantes se desorganizaran, cruzamos algunas palabras y me despedí. Luego me dirigí a la siguiente aula para encontrarme con otra compañera, ella también mostraba incomodidad para asomarse a la puerta, pero me explicó que era porque había cámaras de seguridad instaladas en los pasillos de la institución. Comprendí la situación me despedí y salí de la institución.
Me fui caminando mientras el vigilante me seguía por todo mi recorrido. Fue una situación
complicada. Y mientras me acercaba a la puerta de salida me pregunté por qué tanto recelo ¿los profes temían salir por miedo a que les llamaran la atención las directivas? ¿era por mi condición de sindicalista? Me sentí incómodo y molesto por la situación. En varios años de trabajo no me había sentido tan observado o ¿vigilado?
No sé si a ustedes les pasa, pero tiendo a tener una imaginación como en formato de cine. Cuando salí del colegio vino a mi mente una escena de la película Toy Story en donde un pequeño chimpancé de circo con unos platillos vigila mediante unas cámaras la guardería Sunnyside dominada por el malvado Oso Lotso y al menor movimiento raro aplaude haciendo un sonido estruendoso.
Que existan cámaras de vigilancia no es un problema, ayudan a identificar delincuentes,
excesos de velocidad, proporcionan pruebas de un delito, previenen robos y para algunos dan la sensación de seguridad. Lo controversial es cuando ocasionan un sentimiento de persecución continua, de vigilancia permanente, de control y castigo, similares al panóptico
de Bentham. Anteriormente las estructuras de los colegios eran pensadas con un patio central rodeado por aulas, el típico claustro propio de la concepción escolástica de la
escuela tradicional.
Su objetivo era vigilar, controlar y castigar, lo curioso es que mientras la sociedad exige más pensamiento crítico, diálogo, construcción de democracia y de autonomía, se siga creyendo que controlando y vigilando cada uno de los movimientos de los seres
humanos se formarán mejores ciudadanos o que los docentes cumplirán mejor su labor y la
escuela tendrá mejores resultados.
El problema no es la tecnología, es el uso que se le dé. En mi opinión prácticas como esta
son totalmente antipedagógicas y responden a un modelo de control, vigilancia y
seguimiento, cuyo objetivo es dar una lección de autoritarismo y poder, pero que poco
aporta a la formación de una mejor sociedad. Cuando los seres humanos nos sentimos
vigilados y perseguidos creamos mecanismos de defensa o formas de conducta hipócrita. Empezamos a manejar un doble criterio; uno frente al sujeto que nos vigila y otro frente a quienes podemos confiar, manejamos un doble perfil. Y si el objetivo de la vigilancia es para tener soportes y justificación para esgrimir represalias en nuestra contra es peor, se tiende a aparentar que se sigue la norma pero en el fondo se busca la manera de quebrarla porque aparecen sensaciones de injusticia, descontento y resistencia.
Incluso me atrevo a afirmar que pedagógicamente estas prácticas equivocadas en la escuela pública son extremadamente nocivas, pues la convierten en un escenario de desconfianzas. Nuevamente vuelvo al tema del uso que se le den a unas cámaras, pueden ser un apoyo en situaciones irregulares de indisciplina, microtráfico u otras aún más graves, pero si son utilizadas de manera indiscriminada para “acosar” y “perseguir” a los maestros y maestras pueden estar al filo de acciones contempladas en la ley 1010, referente a acoso laboral.
Pero más allá del tema jurídico, debo insistir que la escuela como escenario de humanización para los niños y niñas no debe recaer en esas lógicas carcelarias y decimonónicas. No pretendo afirmar que los estudiantes no deben tener un acompañamiento y que los maestros no tienen el deber de hacer un seguimiento al proceso, pero estos no pueden estar mediados por el miedo, el constreñimiento y la sensación de persecución.
Por el contrario, la escuela como escenario humanístico debe afianzar las confianzas mutuas, la capacidad de trabajar en equipo, la solidaridad, la autonomía, la sensibilidad, la
libertad y el ejercicio de los derechos y deberes desde su vivencia diaria y no desde la
coerción. De otra manera la escuela no será un lugar en donde los maestros trabajen para dar lo mejor de sí, por el contrario, entrarán en una lógica de cumplir por el miedo a
represalias. A largo plazo el clima laboral se enrarecerá, los conflictos latentes explotarán y
las escuelas no serán esos lugares comunes de encuentro, dialogo, humanización y
dignificación, sino que por el contrario serán cárceles o escenarios de control, adiestramiento, vigilancia, desconfianza y desencuentro, propicios para la construcción de
una sociedad fascista, totalitaria, antidemocrática y violenta.
Pareciera que la pandemia de Covid19 lejos de enseñarnos a convivir, compartir y preocuparnos por la tolerancia y la solidaridad, impulsó la cultura del miedo, la vigilancia y la persecución.