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jueves, abril 3, 2025
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Elecciones y pandemia

A un año del final del desgobierno de Ivan Duque se empiezan a mover las fichas del ajedrez político con miras a los próximos comicios de 2022. Como es costumbre empiezan los movimientos de alianzas, reposicionamientos, reencauches políticos y argucias de todo tipo para ocupar la Casa de Nariño y lograr mayorías en el congreso.

Lo cierto es que será una campaña electoral signada por uno de los contextos históricos más críticos del país de los últimos tiempos.

En primer lugar, la sindemia global producto de la crisis multidimensional inducida por el modelo neoliberal que se ha ido degenerando en un paradigma necrocapitalista viene arrasando con los resquicios del estado de bienestar logrado durante el siglo XX y, en particular, en países como el nuestro, agudizan las consecuencias sociales, políticas y económicas de este, pero empeoradas por la inmersión desde hace aproximadamente 30 años del país, en el proceso de apertura económica neoliberal, sumado a la toma del Estado a manos de un aparato narcoparamilitar enquistado en amplios sectores sociales empresariales y ganaderos, en complicidad con sectores de las fuerzas armadas, como ha quedado demostrado en las diligencias adelantadas por la JEP.

Esos sectores hegemónicos se niegan a la solución democrática del conflicto colombiano, por el contrario, vienen asumiendo posturas fascistas protegiendo su statu quo y profundizando la inequidad, la injustica social y la violencia en todas sus formas frente a los sectores políticos y sociales que proponen un cambio de modelo.

En segundo lugar, esas profundas contradicciones exacerbadas a causa de la pandemia se vienen expresando en un aumento vertiginoso de la movilización social, liderada por el comité nacional de Paro que presentó un pliego de emergencia el 20 de junio del 2020 y cuya última expresión fue el Paro Nacional iniciado el pasado 28 de abril, que con sus altas y bajas puede ser considerada la nueva primavera del movimiento social colombiano después de un largo periodo en que la agenda política estuvo adscrita casi que únicamente al conflicto entre paramilitares, guerrillas y ejército.

Durante esta movilización quedó claro que el uribismo como modelo político es caduco, está desgastado, no tiene respuestas y ha perdido gran parte de su credibilidad en amplios sectores sociales, se ha consolidado como arquetipo de la política corrupta y de la muerte que se muestra intolerante con la protesta social, pero condescendiente con el abuso, la injusticia, la impunidad y la corrupción. A nivel internacional reafirmó la dependencia geopolítica del país frente a los Estados Unidos, convirtiendo al país en el “Israel” latinoamericano, ocasionando una situación diplomática difícil con sus vecinos más cercanos e incluso con probables intervenciones y procesos de desestabilización política en la región.

En tercer lugar, la derechización de la política colombiana viene dejando al descubierto el verdadero carácter de sectores que se venían camuflando entre el espectro de centro izquierda e izquierda, el caso de la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, es emblemático.

Durante campaña hizo acuerdos con todo mundo, prometió lo humano y lo divino, pero el discurso populista se le cae fácil al hacerle un balance de la gestión y dar cuenta que gran parte del presupuesto se asigna a rescatar Transmilenio mientras los índices de pobreza y exclusión de la ciudad son aberrantes, además de los múltiples casos de violencia y brutalidad policiaca llevados a cabo por la policía nacional.

Ante este panorama viene utilizando su cargo de gobierno para señalar y colocarle la lápida en el cuello a sectores progresistas y de izquierda democrática afines al petrismo, haciéndole el juego al uribismo y alimentando la campaña presidencial de la desdibujada coalición de la esperanza.

Por su parte los sectores más progresistas y de avanzada social recorren un camino difícil, caracterizado por las luchas intestinas, los protagonismos y el ataque frontal del fascismo criollo; pero aparte de estas situaciones hay que evidenciar que lo que se encuentra en juego no es de poca monta, es nada más ni nada menos que el futuro de una nueva generación de colombianos hastiados de un modelo arcaico de país cimentado sobre la sangre, la masacre y el narcotráfico y en ese orden de ideas, un modelo de país que pueda afrontar las vicisitudes de la pandemia más grave del mundo moderno.

Ningún proyecto político será viable históricamente, más allá del tema electorero, si dentro de su agenda no están definidas claramente propuestas que aborden el calentamiento global, la democratización del país, el respaldo a la salida política del conflicto, la reforma agraria, la educación pública como pilar fundamental del desarrollo, respuestas y propuestas claras ante la crisis multidimensional pandémica y, finalmente, una política de la niñez y la juventud encaminada a construir un país para ellos, que los dignifique y les brinde equidad, justicia social, oportunidades y el derecho a construir una nación diferente a la que heredaron.

Carlos Munevar
Especialista en Gerencia Educativa y en utilización de TIC en educación. Lic. En Ciencias Sociales. Docente SED. Coordinador Escuela sindical ADE- ESADE. Correo: [email protected]
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